EL CORDOBÉS Y LA CORDOBESA DEL AÑO 2009!!! Fuente: LA VOZ DEL INTERIOR

miércoles, 17 de octubre de 2012

miércoles, 16 de mayo de 2012

Fotos de encuentros!

Entrevista!

Nos hicieron una nota el la Revista COLSECOR http://www.revistacolsecor.com.ar/Galeria.aspx?idarticulo=221

domingo, 8 de agosto de 2010

Ser incluidos en la mejor cancha

El sábado 7 de agosto hubo un Encuentro nacional de clubes de rugby infantil en el Jockey Club Cordoba. Nos invitaron nuestros amigos de Jockey. Aquí las fotos de los mas grandes. Jugaron en la cancha de la primera de Jockey que tiene un pasto de película y alguien nos contó que es de las mejores canchas del país. Los chicos vienen de una zona de la ciudad que no tiene muchos espacios libres en general y menos para juego, y el terreno que usan para entrenar está ocupado por unas familias que construyeron precarias viviendas. La tierra dura, con vidrios a veces. De ahí a ser incluídos para jugar en la mejor cancha hay un camino que nos hace ser irremediablemente optimistas.





domingo, 13 de diciembre de 2009

LEO BIGI, CORDOBÉS DE AÑO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

REPRODUCIMOS ACÁ LA NOTA QUE HIZO ALEJANDRO MARECO PARA A VOZ DEL INTERIOR.
http://www.lavoz.com.ar/suplementos/temas/09/12/13/index.asp


Domingo 13 de diciembre de 2009

Pasar la pelota hacia atrás

Es la manera de avanzar en el rugby, pero también puede ser la metáfora de una sociedad. Es la esencia de un proyecto solidario que ensancha el horizonte de decenas de niños.
Alejandro Mareco
amareco@lavozdelinterior.com.ar

Marrones, oscuras, tal vez claras… decenas de lucecitas lo encandilaban. Leonardo Bigi estaba bajo el cielo y frente al horizonte abierto de un confín de la ciudad, a orillas de las orillas geográficas y sociales, y sentía que era el escenario más caliente en el que alguna vez había estado parado en su vida. El sudor presentía su piel: acaso era el soplo cálido de octubre, o esas lucecitas que no paraban de brillar, cargadas del resplandor de la esperanza en su mayor momento de intensidad (se sabe, la esperanza puede brillar hasta enceguecer, pero así también se apaga, de un momento a otro, cuando se entiende que no es esperanza verdadera sino otro flash de ilusión).

Eran 80 pares de ojos de pibes que lo miraban sin pestañear. Estaban ahí, en la canchita al final del caserío llamado Arpeboch (síntesis de Argentina, Perú, Bolivia y Chile), en un rincón de esa ciudad dentro de la ciudad que es barrio Villa El Libertador.

Quizá los había reunido la promesa de un chocolate para después, pero en realidad había algo más: alguien los venía a convocar para enseñarles un deporte del que poco sabían, si es que sabían algo; pero acaso jugar un juego nuevo no fuera, al fin y al cabo, nada más que jugar, sino una puerta abierta para ver la vida un poquito de otra manera o de otro color.

Confuso, obnubilado frente a la pequeña multitud que lo miraba, Leonardo, que siempre había pensado que el rugby era algo más que un juego, ahora estaba seguro de que había mucho más en juego que enseñar un deporte. Los ojos de esos pibes no paraban de gritarle cosas.

Su oficio de entrenador lo sobrepuso. Mandó a los chicos a trotar alrededor del campo y después los separó en grupos para darles la noción básica, la primera y la más complicada de entender, sobre todo para el instinto del movimiento: para avanzar hay que pasar la pelota hacia atrás.

Vaya toda una metáfora para la sociedad: para avanzar hay que pasar la pelota hacia atrás.

Marcas en la vida
Hay días que duran para toda la vida. ¿Qué hacía aquella tarde de octubre de 2008 en Villa El Libertador un empleado municipal de 33 años, dependiente de la Dirección de Economía Social, delegado gremial, que gana 2.700 pesos por mes, incluido refrigerio, y que junto al sueldo de su esposa, María Guadalupe, sostienen un hogar en el que se amparan dos hijos, Victoria, de 7 años, y Facundo, de 5?

Quizá había que empezar contando que Leonardo nació en Córdoba, más precisamente en la Maternidad Provincial, el 10 de agosto de 1976, porque su madre, Beatriz Diebel, cuando tenía ocho meses de embarazo, decidió abandonar el exilio en Roma para que su hijo fuese cordobés, argentino.

Fue una decisión cargada de coraje. Ella, actriz y escritora, con su esposo José Luis, autor dramático y ex empleado de la Fábrica Militar de aviones, se habían ido apremiados por la intolerancia política de entonces. Medio año después del nacimiento, llegaría él para conocer a su nuevo hijo (que junto con Valeria formarían la familia).

La primera casa de Leonardo fue en un plan del IPV, en barrio San Carlos. Hizo la primaria en la Escuela José María Paz y se recibió en el Colegio Deán Funes. Allí no fue un gran alumno, pero de todos modos salió adelante. Pero lo que se le prendió en el cuerpo, desde muy chico, fue el rugby.

Vivía en Alto Alberdi cuando, a los 8 años, empezó a jugar en Universitario, club del que un día llegaría a ser el entrenador. No fue una inspiración aislada, sino una herencia de familia: su abuelo José Bigi es un nombre de leyenda en el rugby cordobés. Era italiano, y allá fue el iniciador de La Rugby Roma, y capitán del seleccionado italiano. Aquí, llegó a ser entrenador de los seleccionados cordobeses.

La inquietud artística y social de sus padres y la pasión deportiva de su abuelo fueron las marcas con las que se echó a andar en la vida. Esas marcas fueron las que lo llevaron aquella tarde de octubre a Villa El Libertador.

Inclusión y respeto
-Creo que, a veces, al rugby no se lo entiende bien. Se lo considera un deporte de elite, pero en la mayoría de los casos lo practican chicos de clase media. Está bien, sí, hay algunos clubes como Tala, Tablada o Athletic, que representan a una parte de la sociedad más elevada, pero no son los únicos. A mí, en Universitario, por ejemplo, me ha tocado entrenar a chicos que trabajaban en el Mercado de Abasto. Además, siempre se dice del rugby que es uno de los pocos deportes en los que se les da un lugar a todos, al chiquito, al grandote…

-Eso es desde el punto de vista físico. Desde el social, no es tan sencillo incluir a todos.

-Claro, hay que pagar la cuota social de un club, la cuota deportiva, seguir un plan de alimentación integral… Para un chico de Villa El Libertador, eso no es tan fácil. Pero el objetivo no es sólo la competencia, sino hacer que los chicos tengan una oportunidad de educarse en valores. Además, en Villa El Libertador, hay familias sólidas que les dan contención a sus hijos. Nosotros hemos conseguido apoyo oficial para darles de comer a los chicos. Y cuando se trata de hambre, para mí, no es asistencialismo, sino que aliviarlo es un deber del Estado, lo mínimo que se le puede pedir.

-¿Qué cosas pasaron cuando tus chicos fueron a jugar a las canchas de los clubes más tradicionales?

-Hemos ido ya muchas veces y también realizado varios viajes. En principio tenía mis temores, pero el ambiente del rugby me sorprendió gratamente. Siempre están dispuestos a que encontremos una fecha para jugar. La primera vez nos recibieron con donaciones. Pero nosotros no queríamos eso, no queríamos caridad, sino compartir de igual a igual. Ahora nuestros chicos, cuando van, se divierten con los otros y al final comen la misma hamburguesa que todos.

-¿Cuál es tu principal objetivo?

-Que aprendan valores como el respeto. Hemos conseguido cambiar algunas cosas que se manifestaron al comienzo, y ahora los más grandes cuidan a los chicos, y los chicos respetan a los más grandes. Es posible la convivencia sin violencia. Queremos que los chicos aprecien el valor de la educación y que algunos de los tantos que están con nosotros lleguen algún día a la facultad. También les decimos a los chicos que no tienen que tenerle miedo a la política; que aunque aparezca muy desprestigiada, es la única manera que tienen de pelear por algo. Por eso, deben conocer sobre las instituciones y estar preparados para participar.

Una señal
Han pasado un año y un par de meses más desde aquella tarde en la que Leonardo Bigi se paró frente a los chicos. A la próxima reunión ya no fueron tantos, pero la semilla había comenzado a germinar en muchos que, lentamente, fueron dando pasos en el equipo que los llevó un día a mirarse la cara con las de otros equipos, en otros lugares de la ciudad y en otros ambientes que no conocían y que, tal vez, si no fuera con una pelota ovalada llamada guinda, no hubieran conocido nunca.

Pero, aunque el deporte es en esencia la posibilidad de compartir con otros, sobre todo fue una oportunidad de conocer un poco más sobre sus propias posibilidades. Fue así que la directora de la Escuela Vicente Forestieri, a la que va la mayoría de los pibes del barrio, un día convocó a Leonardo para contarle que muchos de los que participaban de su proyecto habían mejorado en rendimiento y en conducta, aunque, claro, en los recreos hubo algunas veces más de un tacle inoportuno. Fue toda de una señal de que algo de lo hecho ha dado frutos, y de que el año que viene habrá que insistir para apuntalar un sorprendente sueño.

Siempre con la misma consiga: para avanzar, hay que pasar la pelota hacia atrás.